Muchos afirman que la Costa Brava fue una de las grandes fuentes de inspiración que tuvo Salvador Dalí a lo largo de su vida y no es para menos. Paisajes que enamoran, pueblos que cautivan, historias que conmueven y una gastronomía que sorprende son algunas de las claves para enteneder la fascinación que genera en los visitantes esta región costera de Catalunya. ¿La recorremos juntos?

por Diego Horacio Carnio

Estábamos instalados en la pequeña ciudad de Mataró, a unos pocos kilómetros de Barcelona, en la casa donde nuestros anfitriones Pablo y Agustina nos recibieron de la mejor manera. Fue gracias a ellos y a su propuesta de «salir a pasear en auto» que pudimos conocer un lugar increible que se compone, a su vez, de muchos otros sitios que dejan a los ojos obnubilados. Hablamos, como ya deben suponer, de la Costa Brava catalana y los pueblos y paisajes que uno puede encontrarse en toda su extensión.

Partimos temprano desde Mataró, una cordial y tranquila ciudad pegada al Mar Mediterráneo y conectada tanto por tren como por carretera, hacia el sur con Barcelona y hacia el norte con la Costa Brava y más allá de los Pirineos, Francia. En nuestro caso, Pablo y Agustina condujeron su auto por la zigzagueante y pintoresca Carretera 32, que invita a observar muy atentamente el contexto del camino y a detenrse en numerosas ocasiones para apreciar las vistas sobre el mar y la montaña. Con el correr de las ruedas van haciendo su aparición en la escena distintos puntos de interés que obligan a detener el vehículo y salir del habitáculo para disfrutar, por ejemplo, del Castillo de Santa Florentina o del Santuario de la Virgen de la Misericordia. 

Nuestro plan era llegar primero a Tossa de Mar, quizá el más afamado de los pueblitos de la Costa Brava, aprovechando que su importancia nos permitiría dar con el paradero de un buen lugar para almorzar, algo no tan sencillo en épocas invernales y totalmente fuera de temporada como lo era aquel comienzo de enero del 2023. Una vez solucionado el desafío de encontrar dónde estacionar, pusimos las piernas en acción y comenzamos a caminar hacia la playa para deleitarnos con todo el esplendor del mar, de los acantilados, de las fortificaciones amuralladas y castilletes.

Tossa de Mar es hermosa. Caminamos por su costa rumbo al norte, apreciando la bella y vecina Isla L’illa que decora el mar emergiendo de sus profundidades. Fue junto enfrente de ella que nos sentamos a una de las mesas del reconocido Rey de la Paella para almorzar. Pescados, mariscos y un buen Albariño fueron parte de un banquete encuadrado con una espectacular vista mediterránea.

Con la panza llena y el corazón contento cruzamos la Avenida Mar Menuda -una especie de costanera- hacia la vereda del lado del mar y comenzamos a caminar rumbo a la Estatua de Minerva, obra del escultor Federico Marés que representa a la diosa griega de la sabiduría. Continuamos serpenteando la costa, bordeando la Playa Grande, acercándonos de a poco a las Murallas de Tossa, llamativas ruinas de lo que alguna vez fuera el castillo y el embrión del pueblo que lo rodeaba. Cuesta arriba, entre las murallas, se encuentra una ciudadela fortificada a la que se accede fácilmente, hasta llegar a la vistosa Torre de Joanás. Muy cerquita nos encontramos con una serie de terraplenes defensivos y unos cañones del Siglo XVII bien dispuestos para repeler cualquier ataque marítimo que pudiera aparecer en el horizonte.

El camino por la ciudadela y las murallas sube y baja, girando a un lado y al otro y permitiendo vistas fabulosas de los acatilados y el mar, muchas de las cuales son apreciables en casi 360 grados. Entre paisaje y paisaje nos cruzamos con una bella estatua de Ava Gardner que recuerda el paso de la actriz por la ciudad con motivo de la filmación de la película «El judío errante». A poco de allí, la Antigua Parroquia de San Vicente de Tossa se levanta como si el tiempo no hubiese transcurrido para ella.

Contiuamos avanzando, en ascenso, disfrutando de cada mirador hasta llegar a la Antigua Torre y finalmente, al Faro de Tossa, punto cúlmine de la caminata. Desendimos luego por la Cala Es Colodar y nos adentramos en las callejuelas de la ciudadela intramuros, con pequeñas pero pintorescas casas, que representó un verdadero viaje en el tiempo a la era medieval.

Nos quedaba tiempo para recorrer un poco la parte más moderna de Tossa y luego, emprender el retorno a Mataró tranquilos, sin dejar de disfrutar del entorno montañoso que nos obsequiaba la ruta. El tiempo, para nosotros y a la inversa que para el pueblo, había transcurrido demasiado rápido.

Ya de regreso en Mataró, cenamos exquísitas empanadas argentinas en el Bar y Restó que Pablo y Agustina tienen en el centro de la ciudad y que bautizaron «La Pausa Mataró». Búsquenlo porque allí, ademas de platillos argentinos y locales, encontrarán excelente café y pattiserie.

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